lunes, 15 de abril de 2013

Bernhard soñado


   La noche anterior no soñé con la infancia o con mi padre, sino con Thomas Berhnard. Es casi lo mismo, pero no es igual. Digo que es casi lo mismo (categoría de limitación) porque hubo un tiempo en que leí mucho a Thomas Bernhard, y cuando me da por algo o por alguien me da hasta la náusea y casi se hace de la familia. Luego lo dejé, como se deja casi todo, de golpe, y no he vuelto a leerlo nunca. Cuando hoy tomo alguno de sus libros lo cierro a los pocos párrafos, como si fueran mensajes de un tiempo definitivamente muerto. Creo que por eso no guardo recuerdos, porque no quiero mirar atrás, lo pasado pasado, lo futuro futuro, soy como soy… Tautologías. Parecen ocultar algo, una profunda sabiduría, pero en realidad sólo dicen lo que dicen.
   Soñé con Bernhard y él me confesaba encontrarse muy mal. Acababa de llegar de Inglaterra y tenía ganas de charla; pero yo apenas lo dejaba explicarse, metiendo baza tontamente. Tienes a Bernhard para ti solo y te dedicas a soltarle el mismo rollo que te sabes de memoria, así son los sueños. Yo le soltaba lo mío, ya digo, y él me decía que lo había pasado fatal, como nunca. No estábamos sintonizados. Creo que era un poco bernhardiano en su forma de hablar, con cursivas y dando rodeos. Ha sido espantoso, decía: espantoso. Yo le hablaba de aforismos. ¿A santo de qué? De nada, es que si no hablo de aforismos reviento, así que a Berhnard le saqué el tema de los aforismos. Supongo que nunca le importaron demasiado las brevedades a Bernhard; aunque es sabido que leyó a Schopenhauer, a Nietzsche (grandes aforistas), también a Wittgenstein, seguro que a Lichtenberg. Más que nadie a Montaigne; pero Montaigne no es un aforista en sentido estricto, aunque ya quisieran muchos.
   Yo le hablaba de aforismos y él quería contarme algo grave, algo decisivo de su vida. Una operación a vida o muerte en Londres. En Londres aún son civilizados, me dijo en sueños, no como en mi país… O en el suyo. Me hablaba de usted, qué grande. Y yo venga darle la tabarra, que si había leído a Vauvenargues. ¿Y qué mas da? ¿Quién ha leído hoy en día a Vauvenargues? Además, leer a los aforistas, sobre todo si se hace de tarde en tarde, es como no leerlos, ¿o es que alguien se aprende esas múltiples ocurrencias de memoria? Si acaso se las puede apuntar mentalmente, pero luego se olvidan, o no se recuerdan con exactitud, y si las apuntamos se pierde el papel o el archivo desaparece entre las carpetas del disco duro. Quiero decir que Bernhard podría haber leído a Vauvenargues, como yo, en algún momento de su vida. Pero seguro que lo habría olvidado. Al final, dijo con resignación, era maligno… ¿Y entonces? Entonces nada, se acabó el sueño, se acabó todo.

2 comentarios:

  1. Dicen que los sueños no son más que un reflejo de lo que realmente nos preocupa.
    Perfección, trascender, permanecer en el recuerdo, ..., yo me quedo con la idea de que la literatura intensifica el sentimiento de estar vivo (J. Banville)

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  2. Cierto... Tal vez por eso me alejé de Bernhard y su mortífero pesimismo.

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