lunes, 29 de abril de 2013

El ángel

   Me gustó mucho al principio. Bastante mayor que yo, es cierto, pero una podía mirarlo todavía como a un hombre, no como a un padre. Era bastante educado, de modales suaves pero masculinos. Dijo que le gustaban mis pinturas, es más, que “le estremecían” mis pinturas. Vale, en realidad son dibujos al carbón que vendo por la calle para pagarme las vacaciones de verano; pero un hombre capaz hoy en día de estremecerse y reconocerlo es un pájaro raro, así que acepté tomarme unas copas con él y acabamos en su apartamento.

   También me gustó el picadero: todo limpio, ordenado, con suficientes detalles y personalidad, pero sin aplastar las paredes. Entonces empezó la ceremonia, bastante previsible por otra parte: música lenta, conversación íntima, arrullos y primeros besos. En un descanso me fui al cuarto de baño. Estaba inmaculado, como si lo hubieran limpiado a conciencia unas horas antes. Me fijé en un cubo de acero para la ropa sucia y mi ángel de la perversidad me dijo que mirase dentro. No había nada; pero igual al salir le dije que me iba, que era un viejo repulsivo y que gritaría si trataba de impedirlo. Vaya cara se le puso, como si fuera a darle un infarto. Ya en la calle el ataque me dio a mí; pero era de risa.

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