sábado, 27 de abril de 2013

Homenaje a Nosesabe (Primera Jornada)



 

   El periodismo conlleva curiosas obligaciones, y esta es una de ellas, al menos para quien esto escribe.  El cronista se detiene un momento, alza la vista y apenas entrevé lo que cabe escribir. Como dijo un maestro en este arte, si no sabes por dónde empezar, hazlo por el principio.

   El Congreso se planeó por correo. Después de múltiples obstáculos y algunas reticencias, pudo reunirse un buen grupo de personajes dispuestos a aportar su ingenio en la ceremonia inaugural, más dilatada de lo que podría pensarse y amenizada con los vuelos poéticos de algunos invitados, la especulación brillante de los filósofos y el ingenio de los raros. En una esquina, Nosesabe miraba con ojos de loco, el cuerpo disjunto y ni una pizca de la serenidad que atribuimos de modo natural a los ancianos, aunque según comentó un joven aforista “Los viejos no es que sean tranquilos, es que no pueden moverse”.

   La crónica tendrá que extenderse varias jornadas, espero que se me excusen las repeticiones y la falta de estilo, ya que es del todo imposible reproducir los altos vuelos de tanto artesano de la intensidad y la extravagancia. Lo peor es que cuenta tanto lo que dicen como lo que hacen. Pongamos por ejemplo a esa panda de presocráticos protestones que dicen estar allí sólo por educación. “En realidad es el mismo camino venir que no llegar”, dice Heráclito con el dedo levantado y amonestando a la caterva, al parecer (dicen ellos) sólo accidentalmente fragmentarios. Al menos Demócrito, fascinado con unos instrumentos para alargar el ojo, pega la hebra con Lichtenberg, mientras Tales se pasea solemne escrutando el techo sobre nuestras cabezas.

   Abrió el acto por fin un tal Aulo Gelio, “porque alguno tenía que ser”, adujo modestamente. Empezó contando una anécdota, luego pasó a una reflexión más bien de índole general, luego criticó a los políticos de su tiempo, se quedó en blanco un segundo y nos miró con cara de tener que escribirlo cuanto antes. Reconozco, amables lectores, que en ese momento temí por la continuidad de las Jornadas.

   Pero hasta el más miserable plumilla ha de gritar de admiración ante el orador de la noche, no otro que el Señor de la Montaña, quien pretendiera ceder el puesto a Don Pedro Mexía, pero éste rehusó con donaire indicándole la ruta a la tribuna. Es Montaigne un hombrecillo menudo, no muy agraciado en lo físico, pero qué gran porte, y con qué palabras embelesa a todo el que lo escucha. Hasta Nosesabe calma su tics y exabruptos, mira, se reconoce, quién sabe si aprende… ¿Será esto camaradería, orgullo del hijo, ante un igual o simple y llana envidia? Si lo es, será envidia sana, deseo de emulación. El Señor de la Montaña abre una primera vía en el discurso: “¿Qué sabemos de Nosesabe?”, se pregunta para darse ánimo en el arranque. Acto seguido desarrolla las alternativas, define y discute, vuelve al principio, relaciona, hace historia, segmenta y aclara, matiza y pondera, mezcla y remezcla, al final todas las posiciones parecen tan saludables como el hombrecito de la cabeza ovalada. Confucio sonríe desde el fondo y con él todos los orientales, sabios e iluminados.

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