miércoles, 17 de abril de 2013

Pecunia, pecuniae


    Cuando me casé y tuve a mis dos hijos abandoné el trabajo; mi marido ganaba bastante más que yo, así que podíamos permitírnoslo. Al mismo tiempo dejé de ver a los compañeros de la universidad y del museo: la vida cambió radicalmente. Mis amistades han terminado siendo las de Emilio, gente relacionada con la banca y el comercio. Por eso, y para poder intervenir en las conversaciones (y ya que soy mujer de carrera, como dice mi madre a cada instante), he llegado a leer bastante sobre Economía y Empresa, aunque no me interesa lo más mínimo; luego están las esposas de los compañeros de mi marido y las conocidas del bloque o el vecindario, con las que comento los programas de televisión que en secreto detesto, casi siempre relacionados con las vacías y estúpidas vidas de los famosos. Mis hijos han crecido, pero sólo piensan en juegos electrónicos y deportes. A veces me acuerdo de mis estudios de Numismática y los veo tan lejos como un sueño que apenas consigo recordar. Ya no intento compartir con nadie esta auténtica pasión de mi vida, este gusto por las monedas antiguas. Mi marido se ponía chistoso diciendo que a los dos nos interesaba una sola cosa en la vida: el dinero. Yo le replicaba que sí, pero de un modo opuesto. Al principio se reía, luego dejó de hacer la broma.


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