lunes, 27 de mayo de 2013

El atractivo

   Sus nuevas cualidades empezaron a manifestarse en Nochebuena, con todo el mundo a la mesa. No faltaba nadie. Justo entonces, delante de toda la familia, empezaron a correr las migas de pan como gotas de mercurio buscando unirse a un cuerpo más grande, y ese cuerpo era el suyo. Las atraía sin quererlo, se le pegaban en las mangas y en el pecho del jersey, como puntos sueltos de lana. Tú siempre tan bromista, le decían, no vas a cambiar nunca. Había un deje irónico en ese comentario, una referencia implícita a su edad, a sus logros en la vida; pero mira por dónde ahora tenía un don extraño: el de atraer a las cosas.
   En los días siguientes fue comprobando lo difícil que resulta pasearse por la calle siendo un imán gigante. Las papeleras querían abandonar las farolas para quebrarle las piernas, los coches embestían como reses subiéndose a las aceras, los carritos de los comercios salían propulsados a su paso con la compra de la semana. Ya en casa, nuevos peligros: las botellas se escapaban del frigorífico y se le pegaban a las pantorrillas, los armarios rompían a caminar como estúpidos barrigones enamorados. No era cuestión de metal o no metal, de inerte o vivo: todo era atraído por su magnética presencia. Al final empezó a amontonarse la gente en el rellano de la escalera, enfrente de su puerta. Venían sonámbulos y se quedaban como zombis melancólicos, desmemoriados.
   Pegado al sofá, delante de un televisor mantenido a distancia gracias a unas muletas, la información de todas las cadenas era la misma: al parecer, las mareas empezaban a inundar la tierra y la luna pugnaba por abandonar su órbita milenaria.
  

2 comentarios:

  1. Buenísimo.
    La atracción puede ser fatal...
    Magnífico "minicuento", y muy buena ilustración.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, Elvira. La foto no es mía... :)

      Eliminar