miércoles, 22 de mayo de 2013

Potlatch


   Yo tenía un amigo en Buenos Aires. Nos unía el correo electrónico y el gusto por la literatura fantástica, los libros raros y el coleccionismo. Desde el principio empezamos a intercambiar libros: por una antología de literatura fantástica argentina yo le buscaba alguna reciente o más antigua de la española, y a cambio de las delicias de La Mandrágora yo le seleccionaba lo más aprovechable de la editorial Molino. Hasta aquí, todo normal. Luego empezamos a picarnos. Le envié los dos tomos del López Ibor y él contestó con el Caillois de Sudamericana y el Walsh en cuatro volúmenes. Un día le obsequié con una primera edición de Gómez de la Serna y él respondió con otra de Holmberg. En un viaje a Madrid parecía que en los puestos de Moyano y en Calle Libreros se habían confabulado para rematar las escasas existencias de nuestra historia fantástica: los Cuentos estrambóticos de Ros de Olano, La tertulia de los duendes de Luis Valera y El otro de Zamacois me salían al paso como si fueran libros de psicoanálisis o de marxismo. Terminé llenando mi zurrón de fantasmagorías y, curiosamente, sólo pensaba en la cara que pondría mi amigo cuando recibiera todo aquello. De vuelta a casa embalé un gran paquete y lo hice volar al Río de la Plata. Pasaron algunas semanas. Un día abrí la puerta para firmar la recepción de un envío ultramarino. El mensajero se fue y volvió muchas veces, no paraba de traer cajas. Ahí están en el salón: en cada una de ellas cabría un electrodoméstico mediano. Todavía no las he abierto.

 

2 comentarios:

  1. La práctica del potlatch es muy interesante y enriquecedora, la tendré en cuenta.
    Me gustaría leer la "Antología de cuentos de misterio y terror", sólo el título ya me atrae.

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  2. Eres una científica un poco extraña... ;)

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