sábado, 29 de junio de 2013

Un pueblo de demonios


El problema del establecimiento de un Estado tiene siempre
solución, incluso cuando se trate de un pueblo de demonios:
basta con que éstos posean entendimiento. (Immanuel Kant)

    Lo peor es despertarnos cada mañana y escuchar las noticias en la radio, percibir cómo alguien rebulle en la cama y vencer el instinto de hacer añicos el estúpido aparato sobre su cabeza. Es un asco puramente físico, casi irresistible. Luego nos perderemos en la pesada rutina, lo que resulta en comparación bastante más llevadero; pero con la taza de café en la mano prevemos lo que dará de sí el día y reconocemos en los ojos de enfrente nuestro mismo impulso, el deseo de pintar la pared con los sesos del otro. 
   Por la calle sólo hay desgraciados. Nos vigilamos con recelo y vuelven las náuseas. Los neumáticos rechinan por los frenazos, las sirenas son el ruido de fondo, ya ni las percibimos, la gente se trata a codazos y, si puede, a mordiscos. Daríamos lo que fuera por no tener que subir acompañados en el ascensor, pero eso rara vez ocurre. Al fin llegamos a nuestra meta y aflojamos los puños que se nos han ido formando en las manos.
   En la oficina hay que ver a Primero. Él nunca dice nada, se limita a darnos un expediente con cara de perro. Sólo uno cada vez, prácticamente hay que arrancárselo de las manos. Son expedientes de condenados, de nuestros condenados. Al fin podremos desahogarnos, pero antes hay que ir al montacargas, esta vez vamos hacia abajo, a solas con nuestro fardo tembloroso. El viaje es largo, pero emocionante, también para nuestro bulto, que sólo gime y ruega, como si alguien pudiera entenderlo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario