domingo, 11 de agosto de 2013

11 - VIII - 2013

   No sabía lo que eran las medianeras hasta que he visto el largometraje homónimo (2011) y luego el corto (2005) de Gustavo Taretto. No sé cuál es mejor, no importa, cada uno tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Al largo le sobran escenas, pero profundiza en otras; el corto es más intenso, pero acaba muy rápido. Las medianeras son las paredes de los edificios que no son fachada ni contrafachada, esa cara en la que no hay ventanas. Con una metáfora que no llega a usarse, porque el vocabulario y las reflexiones son urbanísticas, Taretto habla de dos solitarios de treinta años, mujer y hombre, viviendo en sus departamentos de un ambiente (él) o en un dúplex engañoso con un ambiente y una escalerita de cinco escalones (ella). Sus casas no tienen ventanas exteriores. Ellos tampoco. Ella es arquitecta, pero trabaja decorando escaparates de boutiques (siempre está manipulando maniquíes masculinos, los viste y desviste, los lava y más cosas); él es diseñador de páginas web y usa internet para todo. Tras algunos intentos fallidos de relación con otras personas, un día empiezan a chatear de manera anónima, pero cuando van a darse el teléfono se va la luz. El caso es que sin saberlo ya se conocen. A los dos se les ocurrió abrir ventanas en las medianeras de sus respectivos edificios, y se han visto desde lejos. Ella tiene un libro desde chica de esos en los que hay que buscar a Wally, y hay una situación, en la playa, en la que no termina de encontrarlo por mucho que lo intenta. Al día siguiente del chat, ella va y lo descubre desde su ventana. Ahí está, en la calle, con su camiseta a rayas rojas y blancas. Este final, tal vez lo peor del bonito cuento de hadas, hay que verlo en la versión larga, sólo para comprobar cómo explota la ilusión en el rostro de Pilar López de Ayala, sin duda lo mejor de la película.

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