domingo, 15 de septiembre de 2013

15 - IX - 2013

   Por el día duermen y dormitan. Dicen (y es cierto) que un gato puede reunir hasta 16 o 18 horas de sueño intermitente cada día. Más tiempo cuanto más viejos son. También se humanizan o se tranquilizan en la vejez y por eso los sentimos más cercanos. Un gato pequeño es gracioso, pero tiende a saltar por toda la casa, arañar hasta las paredes y perseguir cada uno de los hilos que vea a su paso. La gata del Cementerio Inglés tiene aspecto de cazadora, todos los gatos lo tienen. Es el aspecto que vi desde niño en los gatos salvajes del campo, romanos grises como ésta o rubios. Los negros tenían peor suerte, la gente los mataba llevados por supersticiones estúpidas, y si alguno sobrevivía siempre era receloso y especialmente esquivo. Mi gato, que tan buenos ejemplos me ha dado para clase, y que murió hace unos meses, era negro como el demonio.
   A esta romana me la imagino vagando por el cementerio por el día, buscando la sombra y el fresquito; pero por la noche seguro que caza, por mucha comida que le den, los gatos son felinos y expertos cazadores, nunca pierden ese instinto. Hasta Franzen justificaba su odio a estos animales por la cantidad de pajarillos que mueren cazados por ellos; pero un gato no puede elegir, y para mí tienen un valor por encima de los pájaros (si hay que establecer jerarquías): el silencio. Yo cambiaría todos los pájaros cantamañanas del pino al que da mi balcón por el mismo número de gatos callejeros. Sólo rompen su regla monástica cuando se vuelven locos con el celo del verano. Chillan todo lo que no han chillado en el resto del año, y de nuevo muestran su ser salvaje, cuando el macho muerde el cuello de la hembra y la somete a un rito de dominación que ahora se considera erótico, a estas alturas, y en la subliteratura de masas que de vez en cuando asalta el inconsciente colectivo. Qué triste sino el de la gata callejera, cargando con su progenie tras un brevísimo momento de placer, buscando comida para todos ellos, teniendo que parir a sus cuatro o cinco crías en algún lugar apartado, para perderlos sin remisión en cuanto los localicen los inclementes perros, los dueños del inmueble o los niños que se guían por sus maullidos hambrientos. Por su parte, los gatos macho en época de celo son a menudo vejados, mordidos y ensuciados por los más fuertes y dominantes. Ninguno de ellos puede hacer otra cosa, salvo cumplir con el dictado de la naturaleza, esa que Kant llamó "madrastra naturaleza". En las manos humanas está trascender la bastardía natural, y ver a los animales como vecinos encantadores o más o menos molestos, eso según nos vaya; pero siempre, y en todo caso, con sus propios derechos.



1 comentario:

  1. La gata del Cementerio Inglés, buena foto y buen lugar para echar una siestecita gatuna...

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