jueves, 30 de mayo de 2013

J. M.

   No es feo, tampoco puede decirse que sea guapo. Si al menos sonriera alguna vez, si supiera contar una historia divertida o decir algo que no suene a Declaración Trascendental… Se ha revelado incapaz de gastar una broma, de bailar o hacer un cumplido. Ella no sabe ahora cómo terminó en su cama, en su casa, con ese padre siempre de por medio, con ese anciano apaleado por la vida que ha pasado a su hijo buena parte de su resentimiento y tristeza. Para colmo, lo ha tenido que conquistar ella a él. Ahora no se lo explica: algo hubo de encontrarle al principio, pero fuera lo que fuese ya lo ha olvidado. Tal vez eran detalles que cambiaron de posición sin dejar clara su procedencia ni sus derivaciones. Ella trabaja en un laboratorio, así que las metáforas científicas le resultan naturales. Él es profesor, enseña Lengua en el instituto de su hija. Así lo ha conocido. También escribe novelas, ella ha intentado leer alguna, pero se le caía de las manos, tan seca, tan adusta como un viaje por Sudáfrica.
   En ocasiones despierta en la noche o al alba y se topa con unos ojos que parecen brasas en el cielo. Su pelo amarillo empieza a clarearle en el cráneo y suele estar revuelto. La mira como si ella fuera a escaparse o a desaparecer en el aire, o mejor, como si ya lo hubiera hecho antes y ahora tuviera que repetirse el fenómeno.
   Va a dejarlo esta noche, ya lo ha decidido, así que ni puede ni quiere concentrarse. Él lo interpreta todo al contrario y se esfuerza como nunca. Lo siente hurgando interminablemente en sus entrañas, como buscando un tesoro. Eso la irrita, ella no es el tesoro de nadie.

lunes, 27 de mayo de 2013

El atractivo

   Sus nuevas cualidades empezaron a manifestarse en Nochebuena, con todo el mundo a la mesa. No faltaba nadie. Justo entonces, delante de toda la familia, empezaron a correr las migas de pan como gotas de mercurio buscando unirse a un cuerpo más grande, y ese cuerpo era el suyo. Las atraía sin quererlo, se le pegaban en las mangas y en el pecho del jersey, como puntos sueltos de lana. Tú siempre tan bromista, le decían, no vas a cambiar nunca. Había un deje irónico en ese comentario, una referencia implícita a su edad, a sus logros en la vida; pero mira por dónde ahora tenía un don extraño: el de atraer a las cosas.
   En los días siguientes fue comprobando lo difícil que resulta pasearse por la calle siendo un imán gigante. Las papeleras querían abandonar las farolas para quebrarle las piernas, los coches embestían como reses subiéndose a las aceras, los carritos de los comercios salían propulsados a su paso con la compra de la semana. Ya en casa, nuevos peligros: las botellas se escapaban del frigorífico y se le pegaban a las pantorrillas, los armarios rompían a caminar como estúpidos barrigones enamorados. No era cuestión de metal o no metal, de inerte o vivo: todo era atraído por su magnética presencia. Al final empezó a amontonarse la gente en el rellano de la escalera, enfrente de su puerta. Venían sonámbulos y se quedaban como zombis melancólicos, desmemoriados.
   Pegado al sofá, delante de un televisor mantenido a distancia gracias a unas muletas, la información de todas las cadenas era la misma: al parecer, las mareas empezaban a inundar la tierra y la luna pugnaba por abandonar su órbita milenaria.
  

sábado, 25 de mayo de 2013

Purgatorio

   Otra vez estuvo aquí el ángel de la cara de niño. Vino con dos libros y un aire casi diría perverso, pero claro, no es ésa la palabra.
   — A ver si aciertas ahora —me retó enseñándome un libro en octavo, de tapas encarnadas y con una ampulosa cruz repujada en el lomo. Luego sacó una especie de fardo sucio en gran folio, forrado con piel de borrego.
   Señalé este último.
   — ¡Pero cómo! —exclamó sorprendido.
   Pronto volverá, transparente como una gota de agua, él y sus tontos acertijos; yo acertaré de nuevo y él pondrá su cara de éxtasis, como caído del cielo. Supongo que me queda una buena temporada en este Purgatorio de primer grado.

 

miércoles, 22 de mayo de 2013

Potlatch


   Yo tenía un amigo en Buenos Aires. Nos unía el correo electrónico y el gusto por la literatura fantástica, los libros raros y el coleccionismo. Desde el principio empezamos a intercambiar libros: por una antología de literatura fantástica argentina yo le buscaba alguna reciente o más antigua de la española, y a cambio de las delicias de La Mandrágora yo le seleccionaba lo más aprovechable de la editorial Molino. Hasta aquí, todo normal. Luego empezamos a picarnos. Le envié los dos tomos del López Ibor y él contestó con el Caillois de Sudamericana y el Walsh en cuatro volúmenes. Un día le obsequié con una primera edición de Gómez de la Serna y él respondió con otra de Holmberg. En un viaje a Madrid parecía que en los puestos de Moyano y en Calle Libreros se habían confabulado para rematar las escasas existencias de nuestra historia fantástica: los Cuentos estrambóticos de Ros de Olano, La tertulia de los duendes de Luis Valera y El otro de Zamacois me salían al paso como si fueran libros de psicoanálisis o de marxismo. Terminé llenando mi zurrón de fantasmagorías y, curiosamente, sólo pensaba en la cara que pondría mi amigo cuando recibiera todo aquello. De vuelta a casa embalé un gran paquete y lo hice volar al Río de la Plata. Pasaron algunas semanas. Un día abrí la puerta para firmar la recepción de un envío ultramarino. El mensajero se fue y volvió muchas veces, no paraba de traer cajas. Ahí están en el salón: en cada una de ellas cabría un electrodoméstico mediano. Todavía no las he abierto.

 

lunes, 20 de mayo de 2013

Tú has visto muchas películas


   Me he quedado varado en una ex república soviética, un país bastante extraño, por cierto. Mi vuelo se ha cancelado y estoy condenado a pasar otro día en un lugar que a estas alturas sólo me parece incompetente y algo bárbaro. Me han recomendado un bar que parece una nave espacial. La música pretende ir derribando el edificio, y las luces circulan por todo el local al ritmo de una masturbación gigante. Ajena a todo, aparece una chica que semeja una visión, como surgida de una pasarela o de una foto retocada, veintipocos años y una belleza inmoral. Su breve camiseta ni pretende ni puede disimular su cuerpo, y los pantalones tipo panty van mostrando a las claras que ahí no hay por qué ocultar nada. Sin embargo está sola, con su vaso de tubo en la mano como si fuera una pistola, en medio de un archipiélago de gente autista. Le digo una tontería, ella me mira y sonríe con retraso después de estudiarme un poco, mientras me dirige sus enormes ojos enmarcados con sombras espesas. Por fin puedo alegrarme de la sucesión de infortunios, porque ni he cerrado negocios ni he podido hacer turismo, así que al menos haré el tonto un rato; mañana me iré y no volveré en la vida.
   Ella no habla mucho, yo me explayo sobre nacionalidades, caracteres, idiomas y comidas, todo con mi inglés de academia y con gestos ansiosos, desmedidos. Ella me estudia con cierta distancia y de tarde en tarde dice unas palabras que mezclan un inglés peor que el mío con algo que suena a ruso pasado por el sur de Francia.
   Al rato salimos a terminar la noche. Me intimida que sea tan alta: calza mocasines y aun así me saca una cabeza. Al pasar por una calle en penumbra me dice algo y entramos en un portal.
   Llegamos a un piso de estudiantes con una bombilla de cuarenta vatios, que apenas ilumina unos dibujos de aficionado, abstractos y anfetamínicos, y luego los típicos pósters de cine reciente, algo gore y satánico al estilo de la época y la edad. Tú has visto muchas películas, le digo, sabiendo que no puede entenderme. También veo las redes y los luchacos puestos como decoración, y la típica katana en su altarcito. Hay unas bragas tiradas al lado de un sofá desfondado, busco el sujetador pero no lo encuentro. Me acerco a la princesa del gótico, que se deja manosear unos segundos, sólo lo justo antes de ofrecerme una copa, y es literal, porque vuelve con un whisky, sólo uno, que me bebo de un trago. Acto seguido, cambia la escena.
   Ahora estoy en otra habitación, inmóvil, atado a una cama húmeda y con la boca llena de trapos. Las bombillas siguen siendo de cuarenta, pero al menos son muchas, y al fondo hay un foco a media potencia para iluminar lo que haga falta. En esta desnudez tan incómoda, con las cuerdas en las muñecas y en los tobillos, me duele hasta el aliento. Aunque escucho voces, sigo sin entender ni una palabra. La bella habla con el tipo que monta la cámara de vídeo sobre el trípode, parecen referirse al arsenal de juguetes e instrumentos de allí al lado. Entonces oigo unos ruidos por detrás, más bien sordos y angustiados, parecen quejidos de cerdo o de vaca; pero soy yo, que al fin me despierto.

viernes, 17 de mayo de 2013

Una broma antigua

ELLA.- Soy perezosa. Me encanta dormir.
ÉL.- A mí también. Podríamos dormir juntos.



"Me dijo que le gustaba salir a caminar sola.
Recordé una broma de Schopenhauer y contesté:
- A mí también. Podemos salir juntos los dos."
Jorge Luis Borges: "Ulrica", en El Libro de Arena (1975)


jueves, 16 de mayo de 2013

Vamos

- ¿Vamos al teatro Nô?
- Bueno.
- Pero al teatro Nô…
- Que sí... Vamos donde tú quieras.