jueves, 29 de agosto de 2013

29 - VIII - 2013

   Hace tiempo que doy vueltas al asunto de la fotografía urbana, pero nunca me he decidido. Hasta ayer. Lo primero es tener cámara, y al fin tengo una propia, intermedia, ni réflex ni compacta, en todo caso una automática. Espero ser un buen alumno del nigeriano Teju Cole, un talento para todo esto. Su novela Ciudad abierta (reciente ganadora del Internationaler Literaturpreiss alemán) es uno de esos libros que uno lee con estupor y termina sabiendo que volverá a leerlo varias veces. Sin embargo es un escritor joven, nacido en 1975, y escribe como si tuviera sesenta, o mejor incluso, porque tiene el estilo, los temas y... la frescura. Él firma como "fotógrafo y escritor", es curioso, y también usa una cámara digital para tomar sus impresiones. Aquí se pueden ver algunas. También es usuario de Twitter, y hace unos días empezó un curioso diccionario de "ideas recibida", que ahora se ha publicado on-line en The New Yorker. Por su estilo a lo Sebald, su gusto por la ciudad y la vida urbana, por el relato autobiográfico (engañoso) y las brevedades, Teju Cole me resulta muy próximo.
   Las fotos son el recordatorio para los que no tenemos memoria, pero también una forma de ver lo que no se ve. Cees Nooteboom, casado con una fotógrafa, daba como profesión a su personaje principal en El día de todas las almas no la fotografía, sino el vídeo, las fotos en movimiento. En sus paseos por Berlín, filmaba lo que nadie se preocupa de mirar: el ritmo de los pasos, los cambios de la luz en una hondonada... Inevitable acordarse de aquella bolsa bailando al viento (a la postre, una escena muy kitsch) en American Beauty, una bolsa que apareció por vez primera en Berlín, sinfonía de una ciudad (1929), Pues bien, digamos que de vez en cuando espero salir a la busca de bolsas de plástico en Málaga, voy a tener mucho trabajo.



sábado, 24 de agosto de 2013

24 - VIII - 2013

   Estamos rodeados, y aunque no seamos muy conscientes todavía, no tenemos ninguna posibilidad. El asedio no viene de fuera, sino que parte de nuestra propia casa, de nosotros mismos, pues somos cómplices del enemigo: vamos a morir ahogados en una selva de letras. Si enciendes la tele te obligan a seguir las noticias mientras lees otras noticias como columnas de hormigas, repetidas y cabriolantes, si ves películas es imprescindible hacerlo con subtítulos, y si te diriges al ordenador, entonces estás muerto, pues llega todo un mundo de periódicos y revistas, tuits y correos, news y pics, dibujos ocurrentes, minicuentos y anécdotas, millones de blogs, obras completas de todo un clásico en alguna biblioteca argentina, los sitios de los compañeros, los tuyos, recomendaciones, lecturas pendientes, almacenadas, libros en epub, mobi y pdf, cómics, audiolibros y conferencias en mp3, el archivo de un periódico que acaban de digitalizar, las colaboraciones de éste o aquél en sus respectivos diarios, la recopilación de las críticas y los artículos de fulano o mengano, y los blogs y dietarios de autor alojados en ciudades de blogs, más una enorme, a estas alturas inabarcable lista de enlaces guardados en favoritos.
   Aquí estamos, por cierto, lanzando la recomendación (que resumida viene a decir: hay que apagar el ordenador al menos un rato cada día), de la única manera posible, a través de una entrada en un blog perdido en la jungla.


martes, 20 de agosto de 2013

20 - VIII - 2013

   Intento pasar estos días de impedimento de la mejor manera posible. Los tebeos son un buen recurso en estos casos, y ayer me hizo compañía Bastien Vivès, un francés que no llega a los 30 años y que me parece todo un experto en eso que podríamos llamar a lo Pascal "las razones del corazón". El primero que leí fue El gusto del cloro, que lo hizo célebre dentro del reducido mundillo del cómic. En esta historieta acompañamos a un joven de unos veintipocos años que por recomendación de su fisioterapeuta empieza a ir a una piscina todos los miércoles. Se dedica a nadar, claro, pero también observa a la gente, vuelve a hacer otro largo, se aburre. Uno de esos días aparece una joven más o menos de su edad, con su bañador de competición, atractiva, y en el agua parece que está bailando. Al miércoles siguiente va con un amigo que es muy extrovertido y disfruta con todo, se mojan, él se va a hacer un largo y cuando vuelve lo encuentra charlando con la chica. Él no dice una palabra, porque ya sabemos que es un poco reservado, pero se despide de la chica cuando el amigo lo hace. Ahora ya se conocen. Al miércoles siguiente la saluda y comienzan una tímida relación en la que él le sonsaca que ha sido nadadora profesional, que tiene medallas en campeonatos de segunda; también le explica cuál es la técnica para nadar de espaldas. Se encuentran todos los miércoles, y cuando ya tienen más confianza, jugando debajo del agua, ella le dice algo sólo con mímica, simulando que habla. Al salir él le pregunta qué le ha dicho, y ella asegura que se lo dirá la semana próxima. Pero no vuelve a la piscina. Él la espera, vaya si la espera; lo malo es que ni sabe su nombre ni nada de ella, y la confesión nos recuerda aquella otra al final de Lost in Translation, queda para la imaginación de los lectores.
   Vivès ha compuesto otros tebeos centrados en los problemas amorosos de los jóvenes, estudiantes universitarios sobre todo, siempre con gran talento y pulcritud, y señalando las débiles fronteras entre la promiscuidad, la amistad y el amor. Uno perfecto y el mejor de ese ciclo es Amistad estrecha, la historia de dos amigos que no saben que están enamorados. Pero tal vez su obra culmen hasta la fecha es el cómic con el dibujo menos trabajado, Polina, la historia de una bailarina rusa desde su infancia, empezando por su ingreso en una academia donde sufre a un profesor muy estricto, y que sigue con sus primeros éxitos y su relación siempre difícil con sus compañeros y amantes. Por debajo de todo, la figura de ese primer maestro con el que vive un emocionante reencuentro cuando ella se encuentra en la cima de su fama. Es una obra que entra en el terreno de la novela gráfica, por la ambición de la historia y la cautela con la que deja lo incomprensible de los sentimientos al margen de la explicación racional.
   En estos días de impedimento, leo a Bastien Vivès con igual placer que a Stendhal o Musil, y me alegra que el arte sea tan variado, y que el genio se exprese por vías tan diversas.


viernes, 16 de agosto de 2013

16 - VIII - 2013

   Al taxista de anoche no hubo de gustarle que a su ilusionado comentario sobre la proximidad de la feria le contestara con voz gangosa que a mí eso no me gusta. Fui cauto (a pesar de todo), no le dije que me importaba un bledo, cuando la verdad es que me importa un bledo y además me molesta. Pero no hubo de gustarle porque, después de cinco silenciosos minutos de carrera, me clavó 15 euros por un trayecto que en igualdad de condiciones (tarifa festiva y nocturna) siempre ha costado en torno a 10. Es gracioso, no me quejo. Incluso da pie para decir que así es Málaga, un lugar donde rivalizan por igual ilusiones y venganzas, acercamientos y rechazos, amabilidades y estafas. En la feria sólo hay de lo segundo, más ruido y achuchones. Si en un bar corriente la pota en lugar de calamares o la tortilla del mercadona sería motivo de queja, en un antro de la feria es algo así como un destino seguro, y hasta habrá que mostrarse agradecido por tener una silla a los pies de los caballos. La glorificación de la sevillana, la fritanga y el rebujito tampoco ayudan a que me apasione el real, pero sobre todo es la masificación y el escándalo, las vomiteras y el olor a orina lo que me hace huir de ella, e incluso no salir apenas de casa en los diez días que dura. Que cada ciudad de Andalucía rivalice en tamaño, presupuesto y entrega con la feria de Sevilla me parece una locura, pues se diría que no hay límites, y cada vez hay más días (o esa impresión me da) y más horas, y más sitios ocupados por la feria.



lunes, 12 de agosto de 2013

12 - VIII - 2013

   Después de pasarme la noche escuchando rancheras, reconozco que no me conozco. Esta mañana comprendo que Borges siempre tuvo razón, y que un hombre es todos los hombres, de manera que, como dijo el otro, nada de lo humano nos es ajeno. Llegará por tanto el momento en que me gusten el champán, la nouvelle cuisine, el cordero y, ya en pleno desvarío, el pollo. También me veo leyendo de madrugada a Hemingway o una novela policiaca. Seguro que acabaré viviendo en el campo, con un todoterreno en la puerta y actualizando el facebook. Iré al teatro y a los estrenos de Almodóvar, viajaré a los países más exóticos y lejanos, me gustarán los bailes de salón, el gimnasio, la playa y madrugar. En política tomaré partido y tendré un enemigo diabólico, no entenderé cómo algunos no lo entienden. Me veo comparando las tomas descartadas de los conciertos de jazz, cantando flamenco y disfrutando con Schönberg. Todo un mundo alternativo se me viene encima; supongo que cuando llegue me quedaré tan extrañado como estoy ahora.


11/12 - VIII - 2013

   Antes creía que las rancheras eran obras populares con una larga tradición, que habría muchos compositores e intérpretes, aun dentro de un estilo y de un tipo de agrupación con instrumentos y atuendos peculiares. Pero no. Se ve que no me había calado lo suficiente el cine de Almodóvar, nunca indagué en este género más allá de "El Rey" en versiones de tonadilleras españolas o de aquella época hace años en que escuchaba a María Dolores Pradera mientras hacía la comida. Pero nunca es tarde, y hoy he visto Cuando vuelvas a mi lado (1999), la película de Gracia Querejeta, y en una de sus escenas alguien interpreta más bien regular "Tu recuerdo y yo". La he encontrado gracias al Dios Google, después de poner unas palabras de la letra. Se trata de una ranchera original de José Alfredo Jiménez (1926-1973). Por supuesto que tiene entrada en la Wikipedia. Por otro lado, en Grooveshark hay una lista más larga que un brazo con distintas versiones de la canción, y otra aún mayor con las obras más conocidas del compositor mejicano. No hay que buscar más: ahí están todas. La Ranchera es José Alfredo Jiménez, autor de "El Rey", "Te solté la rienda", "Que te vaya bonito", "El caballo blanco", "Para todo el año" y todos esos lamentos que lleva uno escuchando toda la vida e incluso tarareando en ocasiones. Poesía popular, sencilla, muy efectiva, que ha merecido la edición en papel con prólogo de Carlos Monsiváis, y que con sus amargas quejas por el mal de amores y sus elogios del tequila resulta de una deliciosa incorrección política. José Alfredo murió a los 47 años de cirrosis, alcoholizado, y a juzgar por su obra debe de ser uno de los hombres más cruelmente maltratado por las mujeres que ha habido, pero también parece un espontáneo seguidor de Ovidio, de los que han aprendido a remediar las penas con poesía, tequila y fama.


domingo, 11 de agosto de 2013

11 - VIII - 2013

   No sabía lo que eran las medianeras hasta que he visto el largometraje homónimo (2011) y luego el corto (2005) de Gustavo Taretto. No sé cuál es mejor, no importa, cada uno tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Al largo le sobran escenas, pero profundiza en otras; el corto es más intenso, pero acaba muy rápido. Las medianeras son las paredes de los edificios que no son fachada ni contrafachada, esa cara en la que no hay ventanas. Con una metáfora que no llega a usarse, porque el vocabulario y las reflexiones son urbanísticas, Taretto habla de dos solitarios de treinta años, mujer y hombre, viviendo en sus departamentos de un ambiente (él) o en un dúplex engañoso con un ambiente y una escalerita de cinco escalones (ella). Sus casas no tienen ventanas exteriores. Ellos tampoco. Ella es arquitecta, pero trabaja decorando escaparates de boutiques (siempre está manipulando maniquíes masculinos, los viste y desviste, los lava y más cosas); él es diseñador de páginas web y usa internet para todo. Tras algunos intentos fallidos de relación con otras personas, un día empiezan a chatear de manera anónima, pero cuando van a darse el teléfono se va la luz. El caso es que sin saberlo ya se conocen. A los dos se les ocurrió abrir ventanas en las medianeras de sus respectivos edificios, y se han visto desde lejos. Ella tiene un libro desde chica de esos en los que hay que buscar a Wally, y hay una situación, en la playa, en la que no termina de encontrarlo por mucho que lo intenta. Al día siguiente del chat, ella va y lo descubre desde su ventana. Ahí está, en la calle, con su camiseta a rayas rojas y blancas. Este final, tal vez lo peor del bonito cuento de hadas, hay que verlo en la versión larga, sólo para comprobar cómo explota la ilusión en el rostro de Pilar López de Ayala, sin duda lo mejor de la película.

miércoles, 7 de agosto de 2013

6/7 - VIII - 2013

   El verano incita a planear viajes y aventuras. Vemos salir a los amigos uno tras otro, radiantes, a la busca de ese rincón del mundo que menos se parece al que ocupamos a diario, con sus zapatillas y chanclas, con sus tarros de vitaminas, y a la pregunta inevitable "¿Tú adónde irás?", no sabemos qué decirles, salvo evasivas como que depende de qué haga la niña, o que tenemos una fascitis plantar...
   Sin embargo, es sabido que hay exposiciones estupendas en Madrid, y que Félix de Azúa  recomienda encarecidamente visitar "La Belleza Encerrada" en el Museo del Prado. Y allá se nos va como otras veces nuestra parte más silvestre, la imaginación. Más de un día pasamos suponiendo que sacamos los billetes para el AVE, que buscamos hotel cerca de la gran pinacoteca, y que organizamos las horas necesarias para, esta vez sí, agotar todas y cada una de sus salas inagotables. En el moleskine ese que tenemos medio vacío podríamos anotar las referencias de los cuadros más secretos y ocultos (¡incluso dibujar pequeños recordatorios!), y con una lista de restaurantes vegetarianos y otra de librerías de ocasión nunca nos faltaría el sustento.
   Pero entonces nos acordamos de "Los cautivos de Longjumeau", de la novela y la peli aquella titulada Revolutionary Road, y de tantos otros seres reales o de ficción que sueñan con viajes y proyectan grandes empresas, o que simplemente aspiran a salir de sus casas, sin lograrlo; y se nos vienen a la cabeza los hikikomori japoneses y por encima de todo aquella película que filmó Frank Capra sobre el valle de Shangri-La, Horizontes perdidos, así que bajamos la temperatura del aire acondicionado, subimos el volumen de la música y planeamos una nueva lista de reproducción para Grooveshark. Además, ya va siendo hora de renovar el blog, que lo tenemos muy abandonado, y están todas esas cartas pendientes para los viajeros de verdad, los decididos... Por otro lado, tenemos que reconocer nuestras limitaciones con el dibujo, y el pie aún molesta día sí, día también.