sábado, 28 de septiembre de 2013

28 - IX - 2013

Salgo contento esta mañana, no me importa que llovizne, me gusta la lluvia tenue, incluso la manga corta es apropiada en estos inicios del otoño malagueño, nunca demasiado inclemente. Me voy andando hasta una librería y compro unos libros, uno de ellos previamente leído en el Reader, pero no es lo mismo. Salgo y cojo el autobús 21, el del Puerto de la Torre. Es un autobús largo, de dos piezas, y sólo queda sitio de pie y en la intersección circular del centro. Me aposento de manera algo inestable y me entretengo leyendo la contraportada de Años luz; pero enseguida se sube una pareja, tendrán veintipocos, vienen cargados de bebidas como para un botellón (son las dos de la tarde) y ya están discutiendo. Actúan como si no hubiera absolutamente nadie alrededor, pero el autobús está repleto. Ella se echa encima de mi brazo y me obliga a cambiar de apoyo, luego trastabilla y varias veces temo que caiga sobre mí. Se quejan de que no pueden sentarse, aunque mucha gente mayor va de pie. Ella saca el móvil. Hablan en voz alta, como si estuvieran en el campo o en sus casas, los pasajeros los miran incrédulos o se hacen los despistados. Se mueven mucho y chocan con todo. Discuten por algo que nunca está claro. Con la mano en alto él le dice a ella que se acuerde de "la última vez", que tenga cuidado y que le dé el móvil, porque va a llamar a su madre (la de ella). La muchacha le habla reposadamente, él parece que quiere explotar. Terminará lográndolo. En una película decían que dos no se pelean si uno no quiere, y es cierto; tan cierto como lo opuesto, que dos se pelean si uno quiere. He visto otros humanoides como éste en el tiempo que viví en el barrio de la Trinidad: sólo entienden el no-lenguaje de la fuerza (si se tratan con hombres) y el de la sumisión (con las mujeres). Me hacen renegar de todas las filosofías trascendentalistas y de la llamada ética dialógica, con ellos no hay diálogo que valga, sólo se puede dar primero. Ella está perdida si no lo deja. Será objeto de palizas y humillaciones como la del autobús, cuando le quita el móvil y llama varias veces a la madre de ella. Lo hace subido en el reposabrazos del autobús, como un mono que actúa en directo. Está a mi lado. Me da dolor de estómago, un asco apenas soportable. Sólo respiro cuando me apeo en la parada, pero entonces caigo en el espanto que debe ser vivir en esa cabeza apenas comprensiva, apenas inteligente, con su lenguaje rudimentario y sus sentimientos ponzoñosos, y pienso en las mujeres aterradas por tipos como éste (nunca llamarlos bestias ni animales, ellos no hacen nada parecido), y no me explico que lo quiera alguien, que no se pegue un tiro.

El barrio de la Trinidad en los años 50. En los 80 estaba igual

domingo, 15 de septiembre de 2013

15 - IX - 2013

   Por el día duermen y dormitan. Dicen (y es cierto) que un gato puede reunir hasta 16 o 18 horas de sueño intermitente cada día. Más tiempo cuanto más viejos son. También se humanizan o se tranquilizan en la vejez y por eso los sentimos más cercanos. Un gato pequeño es gracioso, pero tiende a saltar por toda la casa, arañar hasta las paredes y perseguir cada uno de los hilos que vea a su paso. La gata del Cementerio Inglés tiene aspecto de cazadora, todos los gatos lo tienen. Es el aspecto que vi desde niño en los gatos salvajes del campo, romanos grises como ésta o rubios. Los negros tenían peor suerte, la gente los mataba llevados por supersticiones estúpidas, y si alguno sobrevivía siempre era receloso y especialmente esquivo. Mi gato, que tan buenos ejemplos me ha dado para clase, y que murió hace unos meses, era negro como el demonio.
   A esta romana me la imagino vagando por el cementerio por el día, buscando la sombra y el fresquito; pero por la noche seguro que caza, por mucha comida que le den, los gatos son felinos y expertos cazadores, nunca pierden ese instinto. Hasta Franzen justificaba su odio a estos animales por la cantidad de pajarillos que mueren cazados por ellos; pero un gato no puede elegir, y para mí tienen un valor por encima de los pájaros (si hay que establecer jerarquías): el silencio. Yo cambiaría todos los pájaros cantamañanas del pino al que da mi balcón por el mismo número de gatos callejeros. Sólo rompen su regla monástica cuando se vuelven locos con el celo del verano. Chillan todo lo que no han chillado en el resto del año, y de nuevo muestran su ser salvaje, cuando el macho muerde el cuello de la hembra y la somete a un rito de dominación que ahora se considera erótico, a estas alturas, y en la subliteratura de masas que de vez en cuando asalta el inconsciente colectivo. Qué triste sino el de la gata callejera, cargando con su progenie tras un brevísimo momento de placer, buscando comida para todos ellos, teniendo que parir a sus cuatro o cinco crías en algún lugar apartado, para perderlos sin remisión en cuanto los localicen los inclementes perros, los dueños del inmueble o los niños que se guían por sus maullidos hambrientos. Por su parte, los gatos macho en época de celo son a menudo vejados, mordidos y ensuciados por los más fuertes y dominantes. Ninguno de ellos puede hacer otra cosa, salvo cumplir con el dictado de la naturaleza, esa que Kant llamó "madrastra naturaleza". En las manos humanas está trascender la bastardía natural, y ver a los animales como vecinos encantadores o más o menos molestos, eso según nos vaya; pero siempre, y en todo caso, con sus propios derechos.



lunes, 9 de septiembre de 2013

9 - IX - 2013

   En mis inicios como fotógrafo urbano me veo un tanto alegórico. Me llaman la atención las flores descomunales, los árboles con formas equívocas, los símbolos evidentes. Sé que un buen fotógrafo capta los matices de la luz y la forma, no busca aforismos en las calles. Pero yo soy como soy, una definición que nos conviene a todos, y que no sólo tiene resonancias religiosas. Todos somos como somos, y si dejamos de ser como somos es que seremos de otra manera. Es la graciosa idea del destino, tan atractiva porque nos impide tener que enfadarnos ante las injusticias, luchar contra ellas o quejarnos. Por otro lado, nos sirve de consuelo: si algo "estaba de Dios" o escrito, ya no hace tanto daño, es inevitable: no debemos enfadarnos ni lamentar lo inevitable.

De aquí al cielo


El lado oscuro