domingo, 8 de diciembre de 2013

Los estigmas del niño Ricardo

   Educación primaria en un colegio de Benagalbón, en régimen de internado, un centro religioso dirigido con mano de hierro por tres monjas: la del comedor, la de secretaría y la superiora. La encargada del comedor es la más cruel, baja y gruesa, siempre resentida a pesar de ser la más joven; es de una frialdad inmaculada, como un diamante turbio cubierto de un hábito blanco. Lo peor del colegio es la comida, y esa monja nos vigila para que no hablemos, no miremos para atrás, no intercambiemos nada y, sobre todo, para que dejemos los platos rebañados. Es el objetivo de su vida. Dios le ha mandado una misión, cebar a todos estos renacuajos con comida de rancho. No mide más de metro y medio, pero representa la cúspide del terror para todos nosotros. Tres servicios al día: lentejas pegadas, macarrones aplastados con restos de tomate, sopa de estrellitas sin caldo. Eso de primero. Sardinas en aceite, tortilla de patatas rezumando suero, ensalada de lechuga sin aliño. Eso de segundo. Arroz con leche en plato de sopa, pera o melocotón nadando en almíbar, eso de postre. Para beber, agua del grifo en jarras de metal esmerilado. La monja pasa revista a lo largo del comedor, dos largas hileras de mesas circulares y en cada una de ellas ocho mocosos. Lleva su rosario para orientarse en sus rezos interminables, de vez en cuando se lo guarda en el bolsillo, llama a un interno, le pregunta si no sabe que en el comedor no se habla, antes de que pueda responder le suelta un tortazo que casi lo tumba, luego lo manda sentarse, saca el rosario y empieza a mover los labios con cara de perro. 


   A las dos ya estamos en formación para entrar en el comedor, pegotes de carne humana ordenados por edades. Los más pequeños entran antes. Tardamos diez minutos en estar sentados después de ir al trote desde los campos de recreo hasta la escalinata de entrada. Sólo cuando se ha sentado el último empieza el reparto. Llega el carro con las enormes cacerolas y la comida de regimiento: gusanos en la ensalada, mortadela de segundo plato, y cuando algo tiene aceptación, como las patatas guisadas con carne, siempre es una porción ridícula. Engulle lo mismo uno de seis años que otro de catorce. Algunos ya se afeitan, otros se orinan todavía en la cama. A todos nos caen tres platos, el hermano mayor intenta comerse lo que el chico no puede, los encargados de recoger los restos hacen favores y retiran los garbanzos guisados con vómitos que deben volver al estómago porque así lo ha mandado la monja; pero no siempre pueden hacerlo, porque se juegan ser castigados ellos mismos. Las muchachas de la cocina apenas tratan con nosotros, las cocineras nunca salen. La monja lo domina todo, como una gárgola en lo alto de la torre. Sólo un interno la sortea, no la domina, más bien la divierte como el bufón hace reír al rey. Se trata de un chico mayor a cargo de tareas de vigilancia y delación en los comedores, un kapo que mantiene buenas relaciones con los vigilados: cuando nadie lo ve hace gestos que indican su complicidad con la tropa, pero ante ella es abnegado y eficiente. Sin embargo, hasta el favorito incurre en algún error y merece una reprimenda: la monja tiene una escoba en las manos y trata de castigarlo con espíritu igualitario, el chico elude el castigo fingido, la escoba se cae porque él se aparta en el último momento, pero no huye, sino que la recoge y se la da, ella sonríe por primera vez en meses, cómplice de la broma. Años después veré cosas parecidas en las películas de Buster Keaton. En mi memoria, ese muchacho tiene la misma cara de triste simpatía, la misma ternura en los ojos que el actor “cara de palo”, uno siempre desea lo mejor para los pícaros.
   La merienda es la comida más insípida del día. La dan a las seis de la tarde y siempre es la misma: un trozo de pan y otro de carne de membrillo, o bien un quesito en porciones, y en el mejor de los casos sucedáneo de chocolate. Lo más frecuente es el membrillo, que al tratar de meterlo en el pan se desliza y cae al suelo, pringando las manos, y si se las limpia uno en la ropa queda tan pegajosa como la piel. Muchos ni toman el membrillo, sólo el pan, otros lo tiran con rabia a las papeleras o al suelo, exponiéndose a un castigo. Grandes planchas de membrillo se reparten por todos los rincones del colegio cada tarde, pero desaparecen al día siguiente. El quesito no es suficiente para el trozo de pan, así que es mejor empezar en seco y sólo al final mezclarlo con el queso. Se le arranca la lengüeta del vértice y ya se puede apretar para que salga como crema pastelera. El chocolate es sucedáneo, pero nos gusta, seguro que no es más caro que el membrillo; pero sólo lo dan los fines de semana, como si hicieran un regalo que merece agradecimiento. Siempre están pidiendo que des las gracias por todo. Te dan una torta y es por tu bien, te arrastran a misa y tienes que estar agradecido. Antes de empezar cualquier tontería hay que organizar una fila perfecta y reflexionar sobre algún deber moral. Al acostarnos hay que dar gracias a Dios por la suerte que tenemos y repasar el día pidiendo perdón por lo que hemos hecho mal, que es casi todo. 


   Hemos descubierto que somos como animales, tan inconscientes como ellos, o peores que los animales, porque sólo nosotros volvemos una y otra vez a tropezar con la misma piedra. El arbolito desde chiquitito, dicen, pero nosotros somos más bien como burros, asnos estúpidos que una y otra vez hablamos aunque sabemos que está prohibido, que nos desviamos de la fila, bromeamos con el compañero cuando deberíamos estar pensando en cosas importantes. A los maestros les duelen los nudillos de darnos coscorrones en la cabeza, se les parten las varas y las reglas con que nos marcan los antebrazos y las manos, y es que somos como piedras, no se va a sacar nada de nosotros, somos una causa perdida. El Señor nos mira desde el cielo y llora.
   A las ocho de la tarde toca la ducha. Casi nunca hay agua caliente, sobre todo en primavera y verano. Hay que salpicarse y aparentar que quedamos limpios, como ahora se hace en las piscinas, un baño de compromiso, un poquito de frente, otro por atrás, las axilas con jabón y frotar los churretes de los pies. Se sale corriendo, siempre se caen unos cuantos y los demás se parten de la risa. Los tutores mandan silencio y advierten que como nos quebremos una pierna vamos a tener que esperar hasta que vengan nuestros padres a por nosotros, ellos no son médicos ni enfermeros, qué nos hemos creído. La ducha se resuelve en veinte minutos y acto seguido hay que formar para la cena, y de nuevo la sopa, las sardinas, el arroz con leche. Al salir nos dejan un rato de recreo hasta las nueve y media en invierno o las diez en primavera. Es el mejor momento del día. Ante la angustia de acostarnos con los últimos rayos de sol en el cielo apretamos a jugar como si fuera la última vez, damos unos saltos inauditos, o nos revolcamos por el patio aunque acabemos de lavarnos. Nunca hay balones ni complementos para los juegos, nos usamos los unos a los otros, o bien los pequeños accesorios que llevamos en los bolsillos, las cuerdas, las chapas y canicas. Por la noche es el momento de “La Mula”. Uno se inclina y los demás lo saltan como si fuera un plinto. Con la pierna derecha le damos una coz y decimos “arre mula”. La mula se va alejando un paso de la línea y entonces hay que saltar desde lejos, y si uno se ve incapaz tiene que pedir “media”, que son pasos, como en los saltos de longitud, pero entonces se pierde el puesto. El último hará de mula la próxima vez. Se trata de un juego infinito, porque cuando se llega a la meta ya hay otra mula para soportar el castigo de todos los niños clavándole los nudillos en la espalda y dándole patadas.
   El juego lo interrumpe un largo pitido de silbato que anuncia la hora de dormir, de nuevo en formación y en marcha hacia los dormitorios, unos para los pequeños, otros para los mayores, hay habitaciones para cuatro literas dobles y también salas sin divisiones repletas de literas con su escalera metálica al costado. Todos preferimos dormir arriba. Llegamos, nos desvestimos y guardamos la ropa, pasamos por el servicio, en silencio, porque después no puedes levantarte en toda la noche. Una vez que se entra en los dormitorios es como ir a otro planeta. Si alguien está hablando o riendo se forma a todos los que están cerca y se les pega una torta sin más explicaciones. Así aprendemos que nuestros actos tienen consecuencias, para nosotros y para los demás, aprendemos que no vivimos solos y que debemos ser responsables. Gracias a este sistema, igualitario en el castigo, ni los más santos se escapan de algún trompazo. Algún nuevo que recibe su primera torta retira la colcha a cuadros negros y rojos, se mete en la cama de sábanas heladas y gimotea cuando se apaga la luz. Los demás chistamos para que se calle, no vaya a ser que repartan de nuevo. Fuera ya es noche cerrada, no se escucha un ruido, los últimos pasos de los encargados del dormitorio velando por el orden, las últimas regañinas de los tutores a los rezagados. Apenas pasan unos minutos de las diez de la noche, los ojos como platos, no tenemos ningún sueño. Cuando el tutor se encierra en su cuarto individual para leer o escuchar la radio, el de arriba en la litera se asoma al de abajo. En susurros comentamos algún suceso del día, valoramos el alcance de los castigos anunciados, es un lapso de tiempo que se antoja larguísimo, pero en realidad sólo dura unos minutos, hasta que llega el sueño y nos dormimos de golpe. Sólo algunos cumplen con el consejo de repasar su jornada buscando con esfuerzo todo lo que han hecho mal: las malas palabras, el caramelo que no has dado, la pelea, el rato que mirabas el libro sin estudiar, los pensamientos impuros, sean lo que sean esos pensamientos. Detrás está el Diablo, por eso hay que masticar detenidamente el día completo y reconocer nuestras mentiras. Dios no nos puede perdonar hasta el domingo en la comunión, y la confesión con el cura no puede ser antes del sábado, así que debemos ir preparando el terreno con este autoexamen. Antes de terminar el repaso ya está uno frito.
   Los más pequeños, algunos que entran con cinco o seis años, se orinan en la cama. Al principio lo toleran, si el problema continúa se pasa al castigo físico. Es lo que ocurre con uno de seis años, Ricardito, que se pasa el día llorando, no come nada, y la monja del comedor le quita los mocos mientras le grita no llores, y cuando se cansa le arrea un sopapo. Es de familia muy pobre, dicen, y como no pueden mantenerlo se han visto obligados a aceptarlo en el colegio “por caridad”. Por caridad y por la beca, como todos. Pero a Ricardo nunca vienen a verlo, ni sale los fines de semana. Le tienen que buscar la ropa, nunca tiene dinero, parece abandonado. Por la noche se orina en la cama, así que duerme gimoteando con las sábanas encharcadas, por la mañana hay que cambiarlo todo. En el comedor más tortazos. El niño llama a su madre mientras se le caen los mocos. Parece un cerdo herido. Aguanta un mes tras otro, odiado por las monjas que no logran disciplinarlo, por los maestros hartos de escuchar los berridos de un niño sin memoria: nadie saca nada de este inútil. Los compañeros tampoco lo aguantan, gime y se queja por las noches, por su culpa se cae en emboscadas de castigos comunes, se retrasa la hora del recreo, hay que rezar rosarios, pedir a Dios que le ayude a ser como todos. Pero Dios no le ayuda, al contrario, le envía una prueba extraña, ya que en las manos le salen manchas rojas que no se corresponden con heridas, pero le duelen. ¿Seguro que te duele? Y el niño grita. En realidad no parecen heridas, más bien son antojos, dicen todos: le han salido ahora, pero son antojos. En el fondo se percibe una inquietud, la posibilidad de que sean estigmas. ¿Estigmas en un niño tan odioso? No tiene sentido de la religión ni del deber, no se entiende con nadie, sólo es un animal necesitado, nunca da nada. ¿Qué sentido tienen los estigmas?



   Luego le salen moretones en las rodillas. Dice que le queman, pero no hay motivo. Son lesiones fantasma, símbolos o alegorías incomprensibles. Gracias a los estigmas recibe menos palos, lo dejan aparte en la clase, no hace nada, se frota las rodillas, se rasca las palmas de las manos. Al final ha logrado tener heridas, pero se las ha hecho él mismo y sigue frotándose por encima de las gasas y el esparadrapo. No importa cuántas veces se lo llame al orden, vuelve la cabeza y sigue rascándose, si le pones una mano en el hombro se aparta y si le pegan aúlla y grita como si lo estuvieran matando. Nos desespera a todos. Ya ni habla, sólo patalea, aparta la cabeza, se arranca los vendajes, sale corriendo.
   Lo internan en la enfermería. Dicen que han venido médicos de fuera a examinarlo. De los padres no se sabe nada. Puede que sean habladurías, pero dicen que su padre es carpintero. Eso tiene gracia. Un carpintero pobre que no puede criar a su hijo, la madre tampoco lo soporta, eso dicen todos. Puede que tenga una enfermedad mental. Al parecer ha venido hasta un psiquiatra, las noticias corren como el fuego, los rumores acaban siendo ciertos, y casi siempre la realidad es peor de lo que sospechabas. La suerte de Ricardito, una vez desaparecido temporalmente de nuestras vidas, pasa a ser la comidilla de los recreos. Sólo al dejar de molestarnos despierta la curiosidad y cierta compasión. Al final han venido los padres, dicen; pero se han vuelto sin el niño. No pueden con él. Lo odian, confirma uno, y asentimos comprensivamente: todos lo odiamos.
   Al fin vuelve de la enfermería o de donde estuviera. Está delgado como una cuerda, sin fuerzas. Los mocos pendulan en su nariz y nunca mira directo a los ojos. En el recreo se sienta en alguna esquina, ya no se rasca los estigmas, no le pican. Está siempre vendado, la sangre mana en ocasiones de los vendajes y le salpica las espinillas. Mancha todo lo que toca. Si alguien se le acerca, intenta ocultarse y, si le agarran, resopla y escupe. Para cambiarle los vendajes hay que llevarlo prácticamente a rastras, pero él patalea y mueve la cabeza de un lado a otro. Cumple los siete años en el colegio. La monja del comedor intenta congraciarse con el niño y le pone una comida especial, es como si le pesara la conciencia; aunque suena falso, todos sabemos que esta monja no tiene conciencia, ni buena ni mala. Ricardo da un manotazo al plato de arroz, tampoco quiere tarta de cumpleaños, sólo quiere que el mundo desaparezca y con él todos nosotros. Grita a voz en cuello. La monja lo manda a la cama por no matarlo allí mismo.
   Le han hecho un horario especial, siempre está vigilado por educadores o chicos mayores. Las heridas al parecer van a peor, se habla de gusanos en las manos, de trepanaciones y carne podrida. La imaginación infantil no tiene límites. Un compañero asegura que le han cortado las manos y le han puesto prótesis, otro que los padres lo han donado al colegio, como si eso fuera posible, como si Ricardo fuera un regalo y no una maldición. 
   De las tres monjas, una de ellas, la de secretaría, apenas la vemos nunca, ya que se encarga de la administración y de recibir a los padres; sólo de vez en cuando nos visita la superiora, en fechas destacadas, para pronunciar largos discursos. La última vez que vemos a Ricardo está acompañado por la superiora, una mujer pequeña y solemne, muy mayor, reseca como una mantis en su hábito morado. La cara se la enmarca con la toquilla y destaca aún más su vejez. Ha venido al comedor después del postre. Llama a Ricardo, que tarda en levantarse mirando al suelo. El niño es ahora un pinocho de madera, se mueve como una marioneta descoyuntada, duda si hacer caso o salir corriendo, pero al final se acerca sumiso y la superiora anuncia ante todos que el pequeño se marcha. Al parecer lo van a llevar a otro sitio, no especifica cuál, tal vez se marche con sus padres. Dice que ellas, las tres monjas, han hecho todo lo posible por él, que ellas han cumplido, bien lo sabe Dios, pero ahora les toca a otros.
   En un lateral hay dos hombres con bata blanca, dudando si acercarse y hacerse cargo ya del niño. Después de un gesto de la superiora, se aproximan. Ricardo ha escuchado todo y no le gusta la escena. Se tira al suelo, se arranca los vendajes. Era mentira que le hubieran cortado las manos, las sigue teniendo, pero están en carne viva. Cuando intentan amansarlo, el crío se defiende y va dejando manchas de sangre y costras en las batas de los hombres. Chilla una vez más, se contorsiona y agita en una batalla que está condenado a perder. Las monjas miran aterradas, congeladas en el gesto de rezar con sus rosarios. No se escucha un susurro en el comedor, sólo la lucha desigual, el niño de siete años que se retuerce como un muñeco sin huesos, y los hombres que al final lo inmovilizan y, por fin, logran llevárselo.