sábado, 5 de abril de 2014

Esto no es un cuento

   Era el tiempo de los helados Kalise, nata en el interior y sorbete de fresa por fuera; de las canicas de mármol (pero nadie las llamaba canicas, siempre fueron "bolas") y las de cristal recién compradas, mareantes caleidoscopios que se reservaban para el pago e intercambio, porque valen más que las de uso diario. Había caramelos de céntimo que el pamplina de turno con más dinero o más jeta tiraba a puñados sobre la multitud de desharrapados en el patio del colegio, una bici sin yantas y un parque de juegos reducido a unos tubos en forma de escalera clavados en cemento. Los fines de semana hay que descargar ladrillos porque la monja se está haciendo una casa allí al lado. Los más tontos cargan el doble y dan viajes veloces ante la mirada complacida de la superiora. Siempre hay tareas que hacer el fin de semana: traslados de muebles, infinitos rosarios, marchas militares... Cuando se acerca el mes de mayo empieza la cursilada de las flores a María. Siempre están diciendo que a lo mejor nos llevan a Lourdes, y al final nada, como mucho permiten que algún maestro joven nos traslade fuera del recinto del colegio, al campo, donde triscamos como cabras y nos caemos de rodillas. Un niño ha traído raquetas de tenis y pelotas, y es un descubrimiento extraordinario: cómo vuela la pelota. La red hay que improvisarla con una cuerda, y hay discusiones sobre si cruza por encima o por debajo. Al final es lo que diga el dueño de las raquetas, de todos modos es el que mejor juega y va haciendo turnos de contrincantes. Las pipas Churruca hay que traerlas de contrabando, en el colegio no las venden. Si te ven tirar un papelillo te dan un tortazo, y si te pones enfermo llaman a los padres. Con fiebre de cuarenta, tirado al sol, hay que esperar a que venga alguien desde El Borge o Casarabonela. Como un favor especial te dejan no ir a clase. Tumbado debajo de un olivo, mientras los demás niños juegan al fútbol, temblamos con escalofríos.
   Si sales a la pizarra y no sabes contestar te estrellan la cabeza contra el encerado. Por cualquier cosa llaman a los padres y amenazan con echarte del colegio y recogerlo en el expediente. Nadie sabe qué es eso de tener el expediente manchado, pero parece que el paso siguiente es la cárcel. Un maestro pequeño y por lo demás muy gracioso levanta de las patillas a los niños que no se saben la lección. Nos pone en fila y va preguntando párrafo a párrafo, tienes que decir el que te toca. Si no te lo sabes, pierdes la pelusa de las patillas. Si sales voluntario no te arriesgas al castigo físico y encima te pone un diez. La maestra de Quinto escucha a su novio darnos una charla de sexualidad con un lenguaje incomprensible: "El pene se introduce en la vagina", dice el maestro, muy serio. No utiliza dibujos, si acaso unas láminas de secciones transversales como para los médicos. La maestra simula corregir unos cuadernos. La masturbación (sea lo que sea) es algo con lo que te mueres. Al fin se abre un turno de preguntas. El mayor miedo de las niñas externas es quedarse embarazada en la bañera, y el de los niños saber qué saldrá de una mujer y un mono. El maestro nos tranquliza: no hay descendencia entre distintas especies. Pero un momento, ¿nos está llamando animales?
   En las tardes de lluvia nos meten en un salón de actos. Van saliendo niños a contar chistes que no sean verdes. A veces traen unos libros impresionantes, grandes como mesas y repletos de dibujos. Es una pena que no dejen llevárselos para leerlos tranquilamente. Un maestro que toca la guitarra nos da un concierto y a partir de entonces lo veneramos como a los cantantes de la tele.
   Antes de entrar a clase hay que rezar un padrenuestro y formar una fila perfecta. En
clase no se habla. Los castigos son severos y a menudo físicos, y si te mandan a ver a las monjas, estás perdido. Igual ni vuelves. La mantequilla es Puleva, el café es achicoria, y la leche en polvo; los panecillos Bimbo traen cromos de El Porqué de las Cosas.  Los maestros más divertidos montan concursos para repartir los álbumes de Bimbo y a partir de entonces se extiende la fiebre de los Bony y los Bucaneros por todo el colegio. Nos enteramos de por qué se construyeron las pirámides y por qué no se puede uno resfriar en la Antártida.
   Un maestro ha convocado un premio literario. Dicen que compra los libros de su bolsillo. A los ganadores en narrativa les da Orzowei, una aventura de Tom Sawyer a través del mundo o algo de Los Cinco. Es el mismo que ha explicado la evolución en clase. Dicen que lo han bronqueado en Dirección. Al día siguiente nos aclara que el hombre no viene del mono, sino de Dios.
   Por fin se muere Franco. Nos dan la noticia por la mañana, antes de ir a desayunar. Estamos en el pasillo, esperando, y cuando uno de los tutores lo anuncia con voz compungida y avisa que el colegio va a cerrar en señal de duelo, un niño pregunta si tenemos que irnos. "¡Ha muerto el Jefe del Estado y tú sólo piensas en irte a tu casa!", le grita con ira. Pero sí que nos vamos, y al año siguiente nos iremos de nuevo, esta vez para siempre.


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