martes, 20 de mayo de 2014

19/20 - V - 2014

 

Me estaba aburriendo con el libro que me traía entre manos. Siempre llevo varios, pero se resumen en uno, y bueno, era el Herzog de Bellow, la reciente traducción de Galaxia Gutenberg. Me llevó en volandas hasta la página ciento y pico, entonces me paré en seco, harto del neurótico. ¿Cómo ha sido posible? Lo había admirado ya dos veces antes, en la venerable versión de Rafael Vázquez Zamora, lo tenía por una novela de referencia, me había comprado la revisión de ella que sacaron en la Biblioteca de Plata del Círculo, y después esta nueva, con la convicción categórica de que era una novela para toda la vida. Pues resulta que no. ¿Y ahora? En estos momentos hay que hilar fino, un nuevo descalabro y podría acabar uncido a las teleseries durante varias semanas. Repasé la lista de débitos y plácemes, y caí en La educación sentimental, la de Flaubert. A su favor tiene que es un libro del que apenas sé nada, y Tomás dice que es una obra maestra. Voy a la estantería, saco mi ejemplar, una edición en tapa dura de Cátedra (durante un tiempo compraba libros de esta editorial sólo por la rareza de hallarlos en tapa dura; los de Letras Universales tienen un tono beige muy agradable, los rojos hispánicos me gustan menos). Edición de Germán Palacios, con introducción, notas y (supuestamente) una buena traducción... En efecto, empiezo la lectura: "El 15 de septiembre de 1840, a eso de las 6 de la mañana..." No está mal. Se entiende. Las oraciones transcurren entrecortadas, al estilo de Flaubert (a veces parece que reparte hachazos) y de vez en cuando nos ofrece un momento álgido. 
   Ya digo que sabía poco de esta novela, pero una cosa sí recordaba, que en ella se incluye el modelo para la epifanía de Ciudadano Kane, así que me detengo en el pasaje:

Fue como una aparición:
Estaba sentada en el centro del banco, completamente sola; o al menos él no vio a nadie, con el deslumbramiento que le produjeron sus ojos. Al mismo tiempo que él pasaba, ella levantó la cabeza; él hizo una inclinación instintiva; y alejándose más en la misma dirección, se paró a contemplarla.
Llevaba un sombrero de paja, de ala ancha, con cintas rosa que palpitaban en el viento...

   Está claro que Frédéric se ha enamorado; pero un momento, en la descripción de Mme. Arnoux se nos cuenta que "sus bandós negros, que rodeaban la punta de sus grandes cejas, descendían muy abajo y parecían ceñir amorosamente el óvalo de su cara". Es una frase preciosa, si sabemos qué son los bandós. Menos mal que hay diccionarios, y Google Imágenes. En las fotos parece que son una especie de felpa. ¿Por qué el plural? ¿Y cómo los lleva tan pegados que le enmarcan la cara? ¿Estará bien traducida la frase?
   Aquí empieza "El Viaje".
  Hay quien se abandona a la traducción que le cae en las manos y hay quien sólo lee en los idiomas que conoce, evitando así cualquier posible traición. Justo en el medio se derrite este que escribe. Tiendo a leer sobre todo en español, y más que nada traducciones. Podría intentarlo con el francés, por ejemplo, pero no disfrutaría tanto, y a la larga estoy convencido de que aprovecho más una mala traducción que un original sobreentendido por el contexto. Pero no me vale cualquier traducción, tiene que ser la mejor. Cuando se trata de clásicos, suele haber un buen surtido para elegir, después de todo hablamos de L'Éducation Sentimentale (1869), el mayor logro de Flaubert junto con Madame Bovary (La Señora Bovary según la interpretación que va ganando puestos como versión indiscutible). Está la edición de Mondadori, la de Alianza, la de Cátedra, la de Valdemar... Esto sólo en el suelo patrio. Veamos: Miguel Salabert. Alianza. Me suena ese nombre. En Google me dicen que tengo la biblioteca llena de cosas suyas, porque es el representante oficial de Julio Verne. La gracia es que tengo ese libro, la edición de Alianza, por algún sitio, aunque no a mano. Luego está Mauro Armiño, llamando fuertemente a la puerta con su edición de Valdemar Clásicos. El señor Mauro Armiño está aún más ampliamente representado en mi biblioteca; pero no con este ejemplo de su fecundidad ciertamente asombrosa. En internet, autoridades anónimas confirman que Hermenegildo Giner de los Ríos, en Mondadori, está anticuado, y para Juan Bravo todas las traducciones previas a la suya desbarran con Madame Bovary, incluyendo a Germán Palacios. A mí me gustaba su trabajo... Hasta ahora. Empiezo a dudar. ¿Y Salabert? Muñoz Molina recuerda los tiempos en que leyó esa traducción; pero ahora prefiere el original. En los blogs y foros apenas hacen referencias a las traducciones de este libro, pero ya digo que sobre Madame Bovary hay una polémica del demonio. La Señora... sí y Palacios no; Consuelo Berges y Martín Gaite con todos los respetos va a ser que... ¡La que hay montada con la Bovary! Me voy a la cama a las tantas, con los ojos como faros.
   Sueño con descripciones de gorras y frecuencias del acusativo, pronombres enclíticos y voces pasivas del verbo... Cuando me despierto, apenas puedo ir a trabajar. Sorteo los mil y un entretenimientos de la mañana y en cuanto liquido un almuerzo frío salgo directo a las librerías. Según Salabert (sección de Libros de El Corte Inglés), la Sra. Arnoux no lleva felpa, sino que tiene una melenita corta siguiendo el lindo óvalo de su cara. Tendría que buscar el texto original, pero eso en Málaga es complicado. Me voy a la fnac. Mauro Armiño va a sacarme de dudas. La edición de Valdemar es preciosa, el papel perfecto, en tapa dura y con el tamaño apropiado, no como esa pequeñez de Cátedra... Leo el inicio. Bien. Se lee fácil. (Las otras también). Los bandós vuelven a aparecer. Menos mal. Hay notas del traductor que informan de las equivalencias monetarias. Las notas son importantes. Por ejemplo, Palacios nos dice en su edición que una "toesa" es una medida de longitud que equivale a "seis pies" (pág. 79). Qué sería de nosotros sin notas como ésa. Las de Armiño parecen realmente útiles, y el tono de la página es amarillento, el tacto rugoso... Se me abre el apetito posesivo. Hasta que veo el precio. ¡Con eso vivía yo una semana, en la época de estudiante! Esto hay que pensárselo, porque me recuerdo a mí mismo que ya tengo dos ediciones del libro, una de ellas crítica, con tapa dura y... me estaba gustando.
   Salgo de la librería. Vuelvo a casa. Salabert me ronda la cabeza. ¿Dónde diablos lo tengo? Voy distraído. No leo bien las señales. Cuando dejo el coche  despatarrado en el garaje, ya tengo la respuesta: voy a leer la edición de Cátedra, si Dios quiere y el tiempo no lo impide.

P.D.: Al final, los bandós (bandeaux) son las dos partes del peinado en que queda dividida la cabellera cuando se hace la raya enmedio, así que todos los traductores tenían razón. Juan Bravo habla de "crenchas" en referencia a ese pasaje, lo que indica su tendencia a la exactitud a toda costa.



6 comentarios:

  1. No es fácil construir una intriga de una cosa que parece una nimiedad. Aquí además hay varias intrigas:¿qué son los bandós?, ¿qué traducción vas a leer? y ¿qué edición es la mejor? o ¿hay alguna traducción preferible a otra? La vida del lector se hace interesante de muchas maneras.
    Espero que estés disfrutando de L´'Education Sentimentale.

    ResponderEliminar
  2. Me está gustando mucho. Si no la has leído te la recomiendo, creo que te puede gustar. Al final sigo con la edición de Cátedra, echo un vistazo al original que está en internet, y en ocasiones a la traducción de Salabert, que ya he encontrado; pero sólo cuando me chirría algo. A veces necesitamos una historia interesante y bien contada, en lo que el XIX es insuperable.

    ResponderEliminar
  3. Demostrado con creces que tu "bibliofobia" era cosa de ficción ¡Qué forma minuciosa de leer! Admirable para mí, que, lo confieso, de vez en cuando leo a "saltos" ;(

    ResponderEliminar
  4. Querido Benito: no he podido menos que sonreír no ya por tu abisal inmersión en Flaubert sino porque, qué diablos, llevo en el telefonillo Herzog en epub (¡sacrílego, lo sé!) desde hace no se cuánto y mientras que no dejo de añorar lo que me gustó, y lo que me enseñó, el Legado de Humboldt, no consigo soportar a este Herzog con sus cartas y sus problemas con las mujeres. Y lo tenía bien clavado porque literalmente habértelo escuchado, el "ése es de referencia". Y yo no conseguía referenciarme en él, claro. Hace unos años ya se me atragantó otra vez, qué cosas. Pero nunca somos el mismo, y desde luego no el mismo lector. Lo que ayer nos colmó hoy nos deja fríos y también a la inversa, por suerte.

    ResponderEliminar
  5. "A los veinte años Ovidio puede ser el autor favorito, Horacio a los cuarenta, y posiblemente Tácito a los cincuenta", dice Hume, y añade: "Escogemos a nuestro autor favorito de la misma manera que seleccionamos a nuestros amigos, por la similitud de temperamento y de carácter".
    Creo que en estas frases lo resume todo, el buen David.
    Sigo con Flaubert, a sorbitos; y en medio, mira por dónde, me he dado un atracón con "La vida está en otra parte", que recordarás no me gustó en varias ocasiones previas. Pues nada, al fin llegó su momento.
    Un abrazo, Tomás.

    ResponderEliminar
  6. La traducción de Hermenegildo Giner de los Ríos, rescatada por Random House Mondadori, no es anticuada: es absolutamente espantosa. A la segunda o tercera página me di cuenta de que Flaubert no podía escribir tan mal, y fui al texto original. Desde entonces leo lentísimo, porque por puro morbo me pongo a comparar cada escena (sobre todo las más bellas, y en particular las sensuales) con su traducción, y me echo las manos a la cabeza. Errores de cambiar por completo el significado de la palabra (homicidio por hemiciclo, sostener una cartera entre los dedos en vez de pellizcar el pan, despacharse por darse prisa, etc.). Quien haya leído con esta traducción que no crea que ha leído "La educación sentimental"; simplemente ha perdido el tiempo.

    ResponderEliminar