miércoles, 11 de junio de 2014

11 - VI - 2014


    De entre los conciertos para piano solo de Keith Jarrett, el de Bregenz (1981) tiene un inicio  intimista y perfecto, por encima incluso de la lección magistral impartida en Colonia en 1975 (igual que por ejemplo Rachmaninov da lo mejor de sí en el arranque del tercero antes que en el mucho más famoso del segundo). Un inicio suave es al cabo lo más impactante que se puede ofrecer, cuando la costumbre es querer asombrar desde la primera nota. La analogía con la experiencia de un resurgir aparece enseguida. Ambos arrancan con encantadores acordes, y cabe preguntarse si el resto de la pieza es una descripción del juego y la aventura. ¿Tendrá esta historia sus picos, su furor y su desabrida dodecafonía? ¿Nos espera también el aburrimiento y la desidia? Haríamos mejor en prepararnos para todo ello, así como para un buen número de estaciones en que no cabe prever hacia dónde irá el cuento. La celebración en esta primera parte del concierto recuerda la felicidad puramente física del enamoramiento, la alegría de estar vivos porque alguien nos toca o nos mira; pero pronto se dirige a una larga zona intermedia en la que el piano renuncia a continuar la senda feliz ya suficientemente expuesta, parece decirnos, y se lanza a una reflexión generalista con divagaciones y extrañas percusiones vocales que el pianista siembra de modo estentóreo y obstinado. Nos perdemos a menudo, tal y como las relaciones cuando pretenden definirse, y el gusano del tópico y la falta de motivos amenaza con devorar la experiencia. Incluso se recurre al trémolo y a las repeticiones, lo que nos coloca en esas tardes sin nada que hacer ni nada que desear, cuando ni un pensamiento parece estar en su sitio. Todo parece perdido; pero ya hacia el final, el genio del piano enlaza con el inicio, virando a una cierta melancolía, no ya alegre, pero al menos serena. Porque el concierto habla, ahora lo entendemos, de la vida misma.
   Por lo demás, el final no es el fin, y aún tenemos dos extras, dos bellas improvisaciones que en sí mismas son como brotes que nacen al calor de las ruinas. Esta es la segunda.


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