sábado, 16 de agosto de 2014

Rascasuelos


   Los Ángeles era el escenario de una verdadera batalla campal. Ni siquiera el ejército parecía dispuesto a hacer nada, o al menos eso decían quienes criticaban que el gobierno había abandonado la ciudad a su suerte; pero lo cierto es que estaban en los alrededores, con todo el equipo, esperando por si tenían que volar hasta el último edificio. Ninguna ley impedía aún el tránsito de mercancías, aunque no había mucha gente dispuesta a trabajar en eso. Yo tenía un paquete que llevar a su destino, a cambio de lo cual me pagarían el sueldo de medio año. “Supongo que sabe dónde se mete”, me dijo el muchacho de la metralleta y las granadas. “Descuida, compañero. Entrego esto y me voy”, le contesté con estudiada autosuficiencia. El muchacho me saludó con dos dedos y me dejó pasar.
    Todas las emisoras de radio (las pocas que quedaban) hacían números sobre el progreso de la guerrilla. Los balances eran contradictorios, así que dejé de hacerles caso y puse unas cuantas canciones sentimentales, no voy a negar que tenía miedo.
   Llegué por fin a mi destino a través de la ciudad desierta. El edificio de la entrega parecía embrujado, todas las puertas abiertas y nadie para hacerse cargo. “¿Y ahora qué?”, me dije, porque aunque parezca mentira no había previsto lo más obvio. Intenté llamar sin éxito por el móvil, como si no supiera que la ciudad estaba incomunicada. Tendría que irme de vuelta con la mercancía. ¿Pero y si se habían trasladado a otra dirección? A unos cien metros vi un luminoso y me encaminé hacia él. Era un bar, y estaba abierto. Tampoco había nadie. Entré, me acomodé en la barra con la esperanza de conseguir un poco de información, puse mi gorra a un lado y carraspeé un poco antes de preguntar en voz alta si había alguien. Salió un tipo medio calvo con delantal blanco y una escopeta de caza recortada apuntando a mi cabeza. Me examinó unos momentos, ni siquiera tuve que hablarle, bajó la recortada y la dejó en la repisa debajo de la barra. “¿Qué va a ser?”, me preguntó antes de que pudiera yo decir nada. Entonces caí en la cuenta de que estaba hambriento. Pedí café y huevos revueltos. Al servir el café me salió con que yo no era de allí. Le expliqué la historia. Él no sabía nada de la empresa de mi entrega, simplemente desaparecieron de la noche a la mañana. “Eso aquí es lo más frecuente”, aseguró, “y usted debería marcharse cuanto antes”. Acabé mi desayuno en silencio. No quise preguntarle por qué él no hacía lo mismo, desaparecer de LA; supuse que sería para nada, que cada persona es un mundo y que este hombre tendría buenos motivos para quedarse en su ciudad, en su calle y en su negocio, exponiéndose a la muerte a diario, ¿acaso no hacemos todos lo mismo? Me despedí y salí en dirección al coche, dispuesto a seguir su consejo; pero a los pocos pasos me tomaron del hombro y mi mano reaccionó por su cuenta, clavando la navaja en el cuerpo de mi asaltante.
   Lo malo es que no se trataba de ningún asaltante, sino del dueño del bar con mi gorra en la mano, que me miraba con cara de asombro y un inicio de sonrisa. Ese hombre había vivido como para hacerle una película, pero acabó muerto a manos de un ex-marine metido a mensajero novato y asustado. No me dio tiempo a pensar más, porque un grupo de rascasuelos salió de ningún sitio, encaminándose hacia nosotros. Me aparté para que se entretuvieran con el del bar. Hicieron piña en un segundo, como si estuvieran jugando y no comiendo. Llegué al coche, encendí a la primera y me fui de allí para siempre.

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