miércoles, 22 de octubre de 2014

Camino de sierra

   Era como si la tierra se hubiera detenido: los árboles y el aire quietos, el cielo sin nubes, el sol inmóvil en su apogeo del mediodía. Se demoró un momento justo enfrente del acantilado por el que había arrojado al seboso, buscando en su mente el fatídico detalle que pudiera inculparlo. No encontró nada. El Gordo yacía despanzurrado al fondo del barranco, su 4x4 despeñado pero sin signos de violencia ni huellas extrañas. Los técnicos sabrían concluir que se había salido en la curva por exceso de velocidad. ¿Y por qué iba a ir tan deprisa en aquel camino de sierra, entre dos poblados casi espectrales, por donde nadie pasaba y menos al mediodía? Pues porque El Gordo había asesinado de buena mañana a Juan López, más conocido como Don Juan. Todo se acaba sabiendo.
   Don Juan era un cerdo que merecía más que la muerte. De haber podido (como si no hubiera sido así, y como si no hubiera deseado repetir mil veces la única cuchillada que pudo asestarle), lo habría fileteado durante días; pero hubo de contenerse para que el comparsa gordinflón, cornudo e incapaz, sirviera de ejemplo en la franquicia de patán apuñala-y-corre, en el modelo de asesino indigno, inexperto y cateto. Por supuesto, la apetecible esposa hubo de correr igual suerte en casa del chulopueblo: una tonta menos, eso sí, lo bastante guapa y guarra como para hacer verídica la hipótesis de los celos.
   Pensaba en todo esto, y en lo difícil que sería relacionarlo a él con esa marea de sangre: un tipo que mira los árboles y el aire detenidos, que no tiene motivos ni apetencias, que se aburre a morir en los interminables meses de verano en la puta aldea de la sierra.


No hay comentarios:

Publicar un comentario