sábado, 1 de noviembre de 2014

Amor platónico

   La joven había quedado con su novio a las nueve, pero le apetecía salir antes, así que se fue al cine ella sola, como una campeona. Era algo que no solía hacer en realidad, pero unos días atrás había pasado delante de la marquesina del edificio, donde se anunciaba el estreno de una película china. En el cartel, una mujer y un hombre, distanciados y al mismo tiempo próximos, servían de reclamo para un título irresistible: Deseando amar. Fue verlo y recordar las largas conversaciones con Enrique sobre el deseo (tanto el carnal como el espiritual) y esa duda sobre si amar es desear y si se puede calmar el deseo. Se desea lo que no se tiene, no se puede desear lo que se tiene, ¿pero se puede desear amar?, ¿no es una redundancia o un imposible?
  El día había abierto después de una mañana plomiza y húmeda. Por la tarde llegó el claro y ella se sumergió en el cine con malas sensaciones, como si la inesperada luz de la tarde exigiera continuar al aire libre, no dejarse engullir por el estómago de una sala apartada y oscura. Pero enseguida empezó el espectáculo y se vio arrastrada por la mujer de la pantalla, por sus vestidos y su delicada belleza. La música sincopada con la lluvia la zarandeaba; pero ella se obligaba a tirar de sí, a rehuir lo que el director había dispuesto a su alrededor como una trampa, siempre a rastras de unas caderas sinuosas y un camino  que parecía destinado al descenso y la caída. No compartía ese mensaje, ni la atmósfera de tragedia que respiraba la película. Se sentía en retroceso, como si hubiera bajado uno o varios peldaños de golpe, hasta una etapa que tenía por superada. Se marchó antes del final. De todos modos, eran casi las nueve.
   Al ver a Enrique en la terraza, intentó hablarle de la película; pero él tenía otras cosas rondándole la cabeza. Dijo que estaban en punto muerto, que no veía el fin del proceso. En realidad empleó unas palabras de sainete: "El fin de lo nuestro". Muchas veces habían imaginado la Escalera y sus etapas, y para ella había quedado atrás lo más difícil, aunque ahora empezaba a temer que nunca se deja atrás nada, o nunca definitivamente. "Yo igual no valgo para esto", dijo el muchacho abundando en las vaguedades. Como si hubiera que valer para amar y para ser amado. "Pero las alas...", se atrevió ella a recordarle. "Las alas", respitió Enrique, con una mueca que le pareció irónica. Ese gesto no casaba con su rostro aniñado.
   "He conocido a alguien", reconoció entonces, y señaló a un hombre  anclado en la barra del bar, bebiendo whisky. Era uno de los tipos más feos y repulsivos que había visto ella en su vida. Se le vino a la cabeza la imagen del Maestro. Pero el borracho sólo se le parecía al modo de las caricaturas, con esa estúpida manera de mirarlos, como un diablillo ridículo. "Mira, no espero que lo entiendas", dijo Enrique por fin, y se fue hacia la barra. El tipo entonces le dio un golpe varonil en el hombro; pero la miraba a ella, como tomando posesión de su conquista. Le echó el brazo por encima a Enrique, y mientras salían le dedicó el gesto definitivo a la muchacha, bajando lentamente una zarpa peluda por la espalda de su novio.

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