sábado, 22 de noviembre de 2014

El malestar de la brevedad


   “Contraponer lo más detallado a lo más breve”, dice Elias Canetti [1] en un apunte de 1974. Naturalmente, no da más explicaciones; pero lo principal ya está dicho: Canetti apunta a la diferencia entre escribir largo y escribir corto, entre la peculiaridad de una estrategia que precisa (como decía su maestro Lichtenberg) “seis gruesos volúmenes en octavo” [2] a fin de tratar un tema y la que se vale y basta con un párrafo o media cuartilla.

   La diferencia entre escribir más o menos largo obliga a comparar dos intenciones opuestas: la de quien persigue la expresión plena o total, frente al que valora o se contenta con la expresión aproximada y parcial. Resulta curioso que el mismo Canetti, al clasificar las literaturas del yo (libros de apuntes, agendas y  diarios) destaque la espontaneidad y contradicción de los apuntes [3]. Estos rasgos, uno positivo y otro negativo, justifican el firme malestar con que se pone a la tarea el escritor de brevedades:

Es posible que la brevedad le haya hecho perderse lo que merece la pena en las frases, sus crecidas y estiajes, sus altos y bajos, sus venturas y desventuras. Quizá no habría que comprimir las frases, tal vez no debieran ser destilación, sino plétora inagotable. Entonces, durante todos esos años de escritura, se ha privado de ese placer encomiando en vano la ascesis de la brevedad [4].

   Canetti se autodiagnostica en este fragmento, porque si ha apostado por algo en su literatura es por las anotaciones que él llama apuntes, pero la autocrítica y la duda parecen inevitables en quien se ve obligado a la dispersión propia de una obra sintética.
   Puede que, por otro lado, el escritor oceánico compruebe que su empeño es agotador, inacabable, tal vez infinito, y acabe pareciéndole una monumental broma; el de brevedades, sin embargo, podría castigarse con la idea de ser víctima de una incapacidad elemental, tal y como expresa un autor guatemalteco tan obsesionado por las moscas como el búlgaro, en un metacuento paródico con la virtud de caber íntegro en una sola cita:

 LA BREVEDAD
 Con frecuencia escucho elogiar la brevedad y, provisionalmente, yo mismo me siento feliz cuando oigo repetir que lo bueno, si breve, dos veces bueno.
   Sin embargo, en la sátira 1, I, Horacio se pregunta, o hace como que le pregunta a Mecenas, por qué nadie está contento con su condición, y el mercader envidia al soldado y el soldado al mercader. Recuerdan, ¿verdad?
   Lo cierto es que el escritor de brevedades nada anhela más en el mundo que escribir interminablemente largos textos, largos textos en que la imaginación no tenga que trabajar, en que hechos, cosas, animales y hombres se crucen, se busquen o se huyan, vivan, convivan, se amen o derramen libremente su sangre sin sujeción al punto y coma, al punto.
   A ese punto que en este instante me ha sido impuesto por algo más fuerte que yo, que respeto y que odio [5].

 




[1]        Elias Canetti: Apuntes 1973-1984. Barcelona: Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, 2000, p. 15.

[2]        Georg Christoph Lichtenberg: Aforismos, ocurrencias y opiniones. Madrid: Valdemar, 2000, p. 103 (B 265).

[3]        Elias Canetti: “Diálogo con el interlocutor cruel”, en La conciencia de las palabras. Madrid: F.C.E., 1982, p. 73.

[4]        Elias Canetti: El suplicio de las moscas. Madrid: Anaya & Mario Muchnik, 1994, p. 135.


[5]        Augusto Monterroso: Movimiento perpetuo. Barcelona: Anagrama, 1990, p. 149.

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