lunes, 14 de julio de 2014

Running & Crack-up


   Cuando iba llegando a los cincuenta rompí a correr como si hubiera descubierto el fuego. En realidad, toda la vida la había pasado corriendo, en sentido más bien metafórico; pero nunca antes había practicado ningún deporte, ni siquiera en el colegio. Las clases de educación física eran siempre tediosas y gimnásticas: de la prueba del  kilómetro se salía como de la cámara de gas, y el potro o el plinto se me antojaban una versión sádica de los juegos infantiles. La competición deportiva tampoco fue lo mío, salvo un breve periodo como portero de balonmano, que se saldó con el previsible accidente. A cambio, leía dos o tres libros a la semana, me peleaba con los curas, organizaba audiciones musicales o tertulias políticas, y fumaba porros (que me sentaban fatal).

  Caminar sí me resultaba natural, siempre he ido andando a los sitios desde niño, ya que empecé a conducir muy mayor y el transporte público nunca me ha gustado. Un día me fijé en algo evidente, que una cosa es trotar y otra caminar, que mucha gente trota, dice que corre, aguanta veinte o treinta minutos y parecen tan felices. Reparé en esos grupos trotando por la ciudad a paso ligero mientras charlan, los maduritos, las parejas, los jóvenes dando saltos mientras bromean, y supuse dos cosas: en primer lugar, que al hacerlo tanta gente no se me vería tan ridículo, y segundo, que no sería muy difícil ni fatigoso.

   En vez de salir a pasear me metí un día en el polideportivo de Carranque y troté yo también por el tartán, la primera vez no aguanté mucho, doce o quince minutos, pero sudé, no caí exhausto ni perdí el resuello, y haciendo cuentas había “corrido” unos dos kilómetros sin pararme, y eso que de joven apenas lograba terminar un par de vueltas de 400 metros. La diferencia era que entonces tenía al profesor dando silbatazos y a los compañeros luciéndose, pero ahora corría sin prisas y a mi aire, aunque también habían pasado más de treinta años, los últimos veinte ya sin fumar ni nada.

   Esos primeros días del giro atlético tuve que hacer continuos viajes a las tiendas deportivas, siempre me faltaba algo. Luego empezaron los problemas con los roces de la ropa, las ampollas en los pies, la adaptación a las zapatillas y la obsesiva vigilancia del cronómetro, primero para medir la marca total, luego los tiempos parciales, hasta el dedicado a los estiramientos. En esos momentos, uno empieza a tener un solo enemigo: el propio cuerpo. El deseo de aumentar la distancia entra en lucha con el de acortar los tiempos, y entonces son los gemelos los que se quejan y recargan ahí abajo, la respiración la que se desboca, hasta duelen los riñones y las palmas de las manos. El mayor peso es para las rodillas, que amenazan con saltar como bisagras soportando puertas de bronce. El cuerpo entero parece de metal cuando se empiezan a correr largas distancias: los pulmones rechazan el aire que nos corta como puñales, los músculos se quejan alternativamente, y es como si sólo funcionara el engranaje por partes, el tronco se solidifica, las piernas se enquistan y el suelo parece una plancha de roca, aunque sea de hierba. Mi primera lesión fue la más frecuente, una sobrecarga en los soleos, que desapareció al cabo de unas semanas dejándome una curiosa sensación de invulnerabilidad.

   Pasados unos meses, empecé a saber qué era “la segunda marcha”, ese moderado éxtasis cuando, una vez pasada la fatiga inicial, uno se cree un móvil perpetuo, descansado a pesar de estar en movimiento, corriendo como si ése fuera el estado natural de la vida. Es una sensación engañosa, que apenas dura un rato, las recaídas y remontadas son constantes y cíclicas, sobre todo si la distancia a cubrir es larga. Dicen que también se puede alcanzar una iluminación o satori: desaparece el pavimento y los otros corredores porque no hay camino ni gente, desaparecen los pulmones y las rodillas porque ya no hay lucha con el cuerpo, sólo queda ese otro corriendo que somos nosotros mismos. Imagino que Kafka, nadador aficionado, pensaría en algo parecido cuando escribió su cuento del piel roja. El éxtasis del atleta no tendría nada que envidiar a cualquier éxtasis místico, también culminaría con la desaparición, la anulación de la conciencia, la unión perfecta entre el cuerpo y el mundo. No estaría lejos de esos sueños eróticos tan perfectos que hasta superan a la realidad.

   La realidad para mí fue otra, nunca llegué a ese estado ideal de conciencia, y el correr se reveló como símbolo de la vida misma, ya que duele y gusta, nunca satisface del todo y cada vez se quiere más. Una vez pasados los primeros meses en el polideportivo de Carranque, empecé a alternar con rutas urbanas, a fin de no apolillarme en trayectos de subidas y bajadas archiconocidas. Cuando las piernas están endurecidas, la alternancia de cemento y alquitrán es llevadera y desde luego mucho más variada que girar en un circuito fijo. Entonces llegan otros obstáculos, perros que se tiran a los pies, semáforos que hacen perder el ritmo, grupos de adolescentes que cortan el camino y niños que pretenden seguirnos el juego. Una vez me atacó un estornino negro, que protegía su nido en un árbol y me malinterpretó como una amenaza, en otra ocasión un niño pequeño se me tiró a los muslos para placarme, igual que otros me ofrecen sus balones o compiten con sus bicis, porque dan por hecho que yo no estoy haciendo nada serio, y tienen razón en eso, por supuesto que no es nada serio.
  
  De hecho, era tan divertido que llegué a salir prácticamente a diario, incumpliendo esa norma básica que fija un tiempo mínimo de recuperación. Pero entonces llegó el crack-up, mi crack-up. (Tomo el término de un estupendo relato autobiográfico de Francis Scott Fitzgerald.) A los dos años de correr regularmente me atrapó una fascitis plantar en el pie izquierdo. Ahora lo sé "todo" de esta lesión; pero cuando empezó no sabía nada, y no fui al médico ni al fisio, ni cambié de hábitos... Hasta que me quedé prácticamente cojo. Sería largo contar las distintas etapas por las que fui pasando y cómo se supera o se empieza a superar (no tengo claro que esté superada del todo) una lesión tan persistente. El caso es que, después de un año, ahora vuelvo a correr, aunque no como antes. Salgo menos veces, menos tiempo, más lento y con más precauciones. Ya no busco el éxtasis tibetano, ni pretendo comprenderme a través del cuerpo. Tampoco me valoro según un diario de marcas. Ahora me conformo con dejar pasar el mundo ante mí, ocupado, como diría DeLillo, con las oraciones simples: Ese árbol es grande, El coche está cerca, El perro va suelto, Aquel niño está jugando...